Sentado con la espalda apoyada en la pared baja del mirador, recobraba el
aliento. No parecía un turista ávido de la emoción visual del paisaje; sino, un
sujeto abatido y hasta creí ver gotas de cristal que descendían sin prisa por
sus mejillas ajadas, o quizás era una
manifestación de fatiga por el esfuerzo de la subida.
Yo trataba de hacerme invisible. El aspecto del hombre me inspiraba temor y a la vez, un fuerte sentimiento de conmiseración.
Lo vi levantarse con mucho esfuerzo
y tambaleante se encaramó a la abertura del campanario. Lo vi abrir los brazos
en cruz y adiviné que tenía intenciones de volar. Decidí acompañarlo y juntos
nos lanzamos al vacío; mas, como vieja paloma de campanario, rápidamente
comprendí que él no había practicado lo suficiente porque un césped tibio y
blando lo abrazó con amor y hasta le regaló rojas amapolas que florecieron en el
mismo momento de su caída. Qué extraño… no es época de amapolas.