sábado, 9 de enero de 2010

Ciudad invisible




Mi entusiasmo por viajar y conocer nuevas tierras, gente diferente o costumbres exóticas estaba decayendo. En mis suficientes años de vida,  había recorrido muchas ciudades famosas como Barcelona que me cautivó con su Museo “Capricho de Antonio Gaudí,” o París con su “Arco de Triunfo” en  la Plaza de la Estrella, o Londres con  su “Palacio de Buckingham”, la torre Big Ben, sus preciosos parques y las mejores galerías
y museos del mundo, o Roma, el centro religioso mundial de
la Iglesia Católica, o la India y la vista del “Palacio Taj Malha”l en Agra conocido como el más maravilloso monumento al amor.
Todas las ciudades tenían algo especial pero en el fondo se unían, a veces en raíces históricas, en tradiciones, o solamente en las aspiraciones de sus habitantes.
Comenzaba a sentir que el polvo de tantos caminos se acumulaba en mi espalda; que los cambios de clima y horario debilitaban mis energías y  decidí buscar un lugar en el Caribe donde descansar. Recalé en Santa Isabel, lugar discreto, tranquilo, y hasta casi paradisíaco. Me ubiqué en una cabaña de troncos  cerca de la playa donde extendía mi hamaca entre dos corpulentas palmeras.
El cuidador de mi mini-paraíso, era un hombre entrado en años, muy alegre y comunicativo. Y aunque los primeros días rehuí su charla, me atrapó el entusiasmo con que hablaba del lugar y el interés por los relatos de mis distintos viajes.
Varias veces lo noté  dubitativo, parecía querer decir algo pero cambiaba de conversación y seguía indagando.
Pasó una semana y al comenzar la siguiente, Renzo  que era su nombre, por fin se decidió:
- A Ud. que le gusta conocer lugares exóticos, ¿no ha escuchado hablar de la Ciudad Invisible?
Pensé en varias alternativas como Erk, la ciudad de la llama Azul en Capilla del Monte o  Shambala en la India, oculta en los montes Himalaya,  pero sólo negué con la cabeza y recibí una información que activó mi espíritu de aventura.
“Se llama Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas. Se camina sobre los travesaños de madera, cuidado de no poner el pie en los intervalos, o uno se aferra a las mallas de cáñamo. Abajo no hay más que cientos y cientos de metros: pasa alguna nube; se entrevé más abajo el fondo del despeñadero”
Renzo agregó: - La entrada no es fácil. Hay un guardián que autoriza y guía a quién considera que está preparado para conocer la ciudad. Dicen que sólo les abre la puerta a personas dispuestas a superar sus miedos.
Desde ese momento no descansé hasta encontrarme en la pasarela que permitía entrar a la ciudad. Si bien el guía me amarró a un arnés, el vacío en el estómago era más grande que el agujero negro que cruzaba. Parecía un cuento de terror, desde allí la ciudad pendía hacia abajo y dudé de mi cordura pero pudo más mi fe en que nada podría ser tan descabellado. Luego de un pasaje muy oscuro, una especie de túnel, donde había que adivinar el paso a dar, apareció ante mí una ciudad en posición normal envuelta en una niebla de la que sobresalían cinco cúpulas de cristal, rodeadas de escaleras de cuarzo en distintos colores, cascadas de agua y fuentes emergiendo entre flores y plantas maravillosas.
Mi guía me explicó que cada excursionista debía visitar las cinco cúpulas para concluir con éxito tal experiencia. Cada cúpula correspondía a un elemento de la naturaleza: agua, aire, tierra, fuego y metal;  y había que superar algunas pruebas para llegar hasta ellas.
No fue fácil sortear un río crecido, lenguas de fuego que parecían la antesala del infierno, un  viento huracanado que se transformó luego en brisa, un alud de lodo y hasta fui perseguido por una lava ardiente de acero derretido.
Todos los obstáculos parecían infranqueables y cuando se daba el primer paso, el peligro se reducía a la mitad. Igual que sucede cuando decidimos afrontar los problemas que nos presenta la vida.
Subí a cada una de las torres y me es vedado expresar lo que vi, pero puedo asegurar que desde ese instante me convertí en un defensor de la salud del planeta.
La vuelta fue muy sencilla, tan sólo el guía abrió una puerta y ya estaba en el sendero que me devolvió a la cabaña.
Fascinado por la aventura, busqué a Renzo y al encontrarlo hablé atropelladamente y adiviné su inquietud, le pregunté a qué se debía y respondió:
- No entiendo qué le ha pasado en estas últimas horas, yo le serví el desayuno hace una hora y Ud. no ha salido de aquí. A propósito, ¿por qué se cambió de ropa?

7 comentarios:

Celia dijo...

Hola Gloria.
Pienso que cada uno de nosotros tenemos un Guía Espiritual que nos ayuda en nuestro caminar por la vida.
Es hermoso conocer ciudades de este mundo y también palpar las Realidades del otro. Creo que sobre eso... tengo mucha información.
Un abrazo muy fuerte, amiga.

Gloria dijo...

Tus escritos denotan un basto conocimiento que unido a tu ingenio literario y creativo, incitan a una inevitable lectura.
Gracias por este encuentro en mi rincón.
Un abrazo.

estoy_viva dijo...

Ahisss Gloria y yo que te iba a pedir el lugar exacto que me dieras toda la informacion posible incluso ya que no puedo ir pues que me mandaras fotos de ese hermoso lugar...que buena narradora y que magnifica imaginacion, te superas en cada post.
Con cariño
Mari

Ana María dijo...

Gloria, qué buena irrealidad para lo que puede ser realidad...!
Tu palabra nos hace viajar muy lejos y aterrizar muy cerca.
Hasta el próximo viaje. Un beso.

Gabriel Bevilaqua dijo...

Muy buen relato, Gloria, de verdad. El párrafo final le suma mucho.

Saludos.

Gloria dijo...

Mari: no tengo fotos pero en Las ciudades invisibles de Italo Calvino (allí pertenece el trozo entre comillas)puedes viajar con la imaginación por este o otro tipo de ciudades.
Un abrazo.

Ana María: A veces nos sorprende lo cerca que están la ficción y la realidad. Gracias por tu comentario.
Un abrazo.

Gabriel: Aprecio mucho tu opinión y la valoro. Gracias mil
Un abrazo.

Rolando dijo...

Qué bueno el pasaje del realismo a cuento fantástico... Creo que las ciudades invisibles existen y están dentro de uno... para amedrentar o para dar fuerzas... El final cierra el cuento al mejor estilo Cortázar. CARIÑOS.